DISTINTAS FORMAS DE CURACION

El P. Francis MacNutt distingue cuatro formas principales de curación, y por tanto cuatro métodos típicos de oración para ejercer este ministerio:

a) Oración de arrepentimiento por pecados personales.

b) Oración de curación interior: en la que se da sanación de recuerdos o de cualquier enfermedad de tipo mental o psíquico.

c) Oración de curación física.

d) Oración de liberación para casos de opresión.

“No todos ejerceremos un ministerio a fondo en cada uno de estos campos, pero hemos de conocer nuestro propio límite y estar listos para referir al enfermo hacia otra persona más capacitada que nosotros. Espero que llegue el día en que los cristianos de cada localidad sean capaces de aunar sus dones para trabajar en equipo, como muchos doctores lo hacen en cualquier hospital o clínica. La mayoría de nosotros no tiene el tiempo ni los dones divinos para trabajar en todas estas áreas de curación. Pero todos necesitamos desarrollar el discernimiento sobre cuál es el mal, para aplicar el tipo de curación apropiada” (FRANCIS MacNUTT. O. P. Sanación carisma de hoy. Publicaciones Nueva Vida, Puerto Rico, 1976, 111).

 

ORACION DE ARREPENTIMIENTO

El arrepentimiento es algo que está en la raíz de la mayoría de las curaciones. Si hay arrepentimiento, hay perdón y liberación del pecado, y por tanto hay sanación y salvación. 

Hay una relación profunda entre arrepentimiento o perdón de los pecados y la curación interior, y así mismo, con respecto a la curación física. La psicología y la medicina modernas reconocen que gran parte de las enfermedades físicas tienen un componente psíquico.

En muchos casos resulta más útil y más importante dedicar tiempo a la oración de arrepentimiento o a la de sanación interior antes que orar por la curación física. La curación del paralítico descolgado ante Jesús es un ejemplo.

A veces lo difícil es llegar a un estado de arrepentimiento profundo. Para ello hace falta dedicar tiempo a la oración, recurrir al Espíritu Santo. Quizá sea en este aspecto donde más experimentamos nuestra pobreza e impotencia espiritual o la imposibilidad de liberarnos del pecado por nosotros mismos. Porque el pecado hunde sus raíces en lo más profundo del corazón del hombre.

La reconciliación sacramental tiene una dimensión y virtualidad de curación que estamos empezando a descubrir. Ha de ser una celebración sacramental en la que se dé gran importancia al diálogo entre penitente y confesor, y, sobre todo, a la oración conjunta de ambos, para llegar a una apertura total al Señor y a experimentar su curación. Para muchos sacerdotes puede ser un descubrimiento leer la obra de MICHAEL SCANLAN. El poder en la penitencia, Publicaciones Nueva Vida. Puerto Rico. 1975.

Para llegar al arrepentimiento es de gran importancia perdonar a los demás. A veces es odio, pero frecuentemente son formas solapadas de pecado a las que no damos gran importancia, como amargura, resentimiento, rechazo interior o prejuicios, las que obstaculizan una actitud sincera de arrepentimiento. Jesús nos pone el dedo en la llaga: “Y cuando os pongáis a orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas. (Mc 11.25).

Comenta F. MacNutt: “Yo solía pensar que tales pasajes brincaban de un tema a otro: en una frase Jesús manda tener fe en la oración; en la siguiente nos manda perdonar. Pero ahora comprendo la intima conexión entre ambas ideas. Es como si el amor divino de salvación, de curación y de perdón no pudiera fluir hacia nosotros, a menos que estemos preparados a dejarlo venir hacia nosotros. El amor de Dios no puede estar con nosotros, si nosotros negamos el perdón y la curación a otros.” (pág. 117).

El amor que pone el Señor en nosotros cuando verdaderamente perdonamos y olvidamos es el mejor remedio para romper la frialdad, la indiferencia, la desgana, la amargura que bloquean el flujo del poder divino salvífico.

  

LA CURACION INTERIOR

Generalmente es necesaria la curación interior cuando comprobamos alguno de los siguientes casos: heridas del pasado, traumas no superados, resentimientos, problemas emocionales profundos, depresión, formas persistentes de ansiedad, miedo, impulsos sexuales compulsivos, excesiva timidez, con su respectiva carga de recuerdos y vivencias del pasado, que por más que queramos no podemos librarnos de ellos.

En todos estos casos falta paz y alegría, no es posible experimentar el amor de Dios y la libertad interior para llegar a la alabanza. También hay cierta dificultad de relación con los demás. Aquellas personas que en cualquier momento de su vida, pero sobre todo en la infancia, se han sentido rechazadas, experimentan ahora una gran dificultad para amar, para confiar en los demás y en Dios.

Todo esto puede ser sometido al poder sanador de Jesús. “Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será siempre” (Hb 13,8). Él quiere realizar una cura espiritual importante que fundamentalmente consiste en: 1) Sanar las heridas o traumas que aun persisten y que siguen afectando la vida del paciente; 2) llenar con su amor todos los ámbitos que han permanecido vacíos durante tanto tiempo.

Para esta clase de sanación hay una forma peculiar de entrevista y oración. Este ministerio lo puede realizar una persona sola que tenga conocimiento, discernimiento y dones para ello, o puede ser también un equipo, al que llamamos grupo de intercesión.

Las personas que forman los grupos de intercesión deben ser cualificadas, dotadas de algún don del Espíritu, unido al conocimiento de la psicología y de una gran sensibilidad.

El tiempo dedicado a cada caso puede ser entre media hora y una hora o más, y de ordinario se requieren varias entrevistas.

La primera parte de la sesión está dedicada a la entrevista: escuchar, dialogar, discernir. Unas preguntas generales ayudarán: ¿Cuándo empezó esto? ¿Qué crees que fue lo que lo causó? La mayoría de los problemas suelen arrancar de algún rechazo o de unas relaciones rotas. Importantes son nuestras relaciones con los padres en la infancia: si faltó amor en la niñez, el problema se manifiesta en la edad adulta, afectando a los sentimientos básicos de la persona respecto de si misma, de los demás y de la vida entera. Otros pueden haber recibido sus heridas en el Colegio, o más tarde, o en experiencias sexuales desdichadas, o en unas relaciones tensas durante mucho tiempo en el interior de una comunidad religiosa. A veces la persona misma ignora lo que le pasó.

Después de la entrevista haremos la oración. No tengamos miedo de que la oración parezca sencilla y hasta pueril. Generalmente es el niño del pasado que todos llevamos dentro lo que hay que sanar. A veces hay que orar al estilo de un niño, en la forma más imaginativa posible.

La oración ha de ir dirigida primero a pedir al Señor la curación de la herida que se ha puesto de manifiesto (aspecto negativo): que restañe estas heridas del pasado, para pasar después a pedir (aspecto positivo) que llene la vida personal con todo aquello que estaba echando de menos, que llene los ámbitos vacíos de este corazón.

En la primera sesión siempre hay que seguir este esquema: a) sacar a la luz las cosas que nos han herido. b) orar al Señor para que cure las heridas. En las demás sesiones no hace falta insistir tanto sobre el pasado y sí dedicar más tiempo a la oración.

Esta clase de oración suele tener una respuesta de parte del Señor muy perceptible. La curación suele ser más bien progresiva, aunque a veces se puede dar en una sola sesión o en el momento del bautismo en el Espíritu.

Si la oración no obtiene respuesta será porque no hemos llegado al fondo del problema. Puede ser por una de estas tres razones: a) hay necesidad de arrepentimiento: que el paciente perdone a alguien que ha herido, b) hay una herida más profunda que aun no hemos descubierto, puede haber necesidad de oración de liberación.

 

LA CURACION FISICA

Es la más difícil de admitir y la que más puede poner a prueba nuestra fe. Sin embargo la oración por la curación física es la más sencilla de todas y la más breve. Se requiere más valor que fe para pedir la curación física.

Al principio creemos que es una temeridad porque pensamos que pedimos a Dios un milagro. Pero es una falsa humildad y ya sabemos cómo el Señor puede curar sin recurrir al milagro, y cómo quiere que sus discípulos oren por los enfermos.

De hecho, Dios responde a esta oración y sana de muchas maneras.

Para orar por la curación física se puede seguir la siguiente pauta:

1) Lo primero es siempre escuchar para discernir qué hemos de pedir y si hemos de orar o no.

Fijar al mismo tiempo la atención en la persona que nos refiere qué es lo que le aqueja y en el Señor que a veces comparte con nosotros el don del discernimiento para llegar al verdadero diagnóstico y ver si la persona está o no segura de lo que le pasa.

A veces descubriremos que más que de curación física se trata de curación interior, o de arrepentimiento o de oración de liberación.

Si se trata de curación física no hay que emplear mucho tiempo en discutir los síntomas.

El discernimiento ha de ser también para saber si hemos de orar o no. Hay muchos enfermos: algunos ni siquiera están preparados para ser curados, a pesar de que pidan que se ore por ellos.

El Espíritu nos indicará, si estamos atentos a su voz, por quién debemos orar. Dios quiere que tratemos de averiguar si debemos o no orar por esta persona concreta. Los experimentados en este ministerio conocen las muchas formas como Dios orienta sobre el cómo, el cuándo y por quién orar pidiendo curación.

Hay también manifestaciones extraordinarias de conocimiento y de sensación del poder curativo del Señor, pero no siempre que hay curación se dan. Hay quienes experimentan una sensación de paz y de alegría si tienen que orar por tal enfermo, y una sensación de oscuridad y pesadumbre cuando no deben orar. Esta pesadumbre es distinta de la que sobrecoge a uno al comienzo de la oración de liberación. Hay también quien experimenta una sensación de calor o algo así como una corriente eléctrica que circula por sus manos.

Para aquellos que no están experimentados valga la siguiente regla: a) oren por aquellos que acuden y les piden oración,

b) oren siempre que se sientan movidos por compasión a visitar a alguien enfermo y orar por él. También hay que estar muy atento a las mociones del Espíritu, sobre todo cuando no sabemos qué hemos de pedir. No hay que centrarse sólo en el problema y sus síntomas.

2) Imposición de manos y oración.

Si la persona por la que se va a orar se molesta con la imposición de manos, o prefiere que nos mantengamos a cierta distancia, respetemos sus sentimientos. El gesto de la imposición de manos es una forma de comunión de amor y está indicado por el mismo Señor.

La oración ha de tener los siguientes elementos: 1) Reconocimiento de la presencia de Dios: siempre dirigida al Padre o a Jesús, reconociendo la presencia de Dios y alabándole. 2) Petición, de forma muy especifica, visualizando la curación que estamos pidiendo. Esto aviva nuestra fe y la del paciente.

La oración además de imaginativa debe ser positiva y enfatizar, no la situación de enfermedad, sino la esperanza de que el organismo se recupere: así tratamos de compartir la visión que Dios tiene de la persona en su representación perfecta. Esta visualización positiva ayuda a nuestra fe.

3) Confianza.

“Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: “Quítate y arrójate al mar” y no vacile en su corazón, sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis” (Mc 11,22-24). Esta fe es un don. A veces cuando decimos “si es tu voluntad” esto debilita nuestra confianza. Mejor decir: “Hágase según tu voluntad”. 4) Con acción de gracias: porque creemos que Él nos ha oído, debemos ya en la oración darle gracias, 5) Orando en el Espíritu: cuando no estamos seguros qué hemos de pedir nos dirigimos al Espíritu, porque “el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene…” (Rm 8.26).

 

LA ORACION DE LIBERACIÓN

Hay que distinguir muy bien entre posesión diabólica y opresión diabólica.

La posesión diabólica es bastante rara en nuestro continente europeo y en los países de larga tradición cristiana. La oración formal de la Iglesia para liberar a un poseído es el exorcismo. Para ejercer esta clase de oración se requiere el permiso del Obispo que sólo se da a un sacerdote especialmente cualificado para este ministerio, por los riesgos y peligros que implica.

La opresión es relativamente frecuente: es como la invasión de una ciudad, en la que la persona en cuestión tuviera el control de la mayor parte, quedando ciertas áreas bajo el dominio enemigo.

He aquí la opinión de un prestigioso teólogo: “La acción de estos poderes no debe suponerse sólo allí donde se dan fenómenos paranaturales o “extraordinarios”, considerados desde el punto de vista de los métodos experimentales intramundanos y en contraposición con los fenómenos normales y controlables empíricamente. También y sobre todo la cadena “normal” de procesos está sujeta a la dinámica de los poderes demoníacos orientada hacia el mal” (K. RAHNERH. VORGRIMLER, Diccionario Teológico, Herder, Barcelona, 1966).

Donde más frecuentemente se manifiesta es en los casos de drogadictos, alcoholismo, conducta autodestructiva, personas que han participado en sesiones de espiritismo, brujería, meditación trascendental, todas las prácticas del ocultismo, concentración profunda del yoga.

En este asunto se necesita más que nunca el don del discernimiento, consejo y sabiduría del Señor. Hay veces que se puede tratar de casos de alucinación o de aberración psíquica o de personas psicópatas.

Un indicio de la necesidad de oración de liberación puede ser el hecho de que la curación interior no da resultado.

La oración de liberación debe administrarse con mucha cautela. Es la clase de oración que más fácilmente se presta a abusos y que puede ocasionar mayores problemas, pues también se hace en forma de exorcismo.

El discernimiento es todavía más necesario, por la gran ignorancia y falta de experiencia que hay en este punto, y por lo delicado y comprometido del caso.

Esta clase de oración no la puede ministrar cualquiera y de ordinario ha de ser un grupo de personas entre las que haya al menos un sacerdote, pues, a diferencia de la oración de curación que siempre se dirige a Dios, la oración de liberación es una especie de exorcismo que va dirigida contra los espíritus opresores, es decir, una orden imperiosa en nombre de Jesucristo, con firmeza y autoridad.

Dado la complejidad y lo delicado de este ministerio, no podemos presentar aquí todos sus aspectos. Puesto que es un asunto para dirigentes muy especializados, no es tema de difusión general. En cualquier duda o problema que se nos presente, nunca resolvamos por nuestra propia cuenta, sino, que lo remitamos a personas competentes y experimentadas.

Fuente: siervoscas.org

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Comentarios

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